¿Por qué esto?

Zaragoza, a 9 de Noviembre de 2.011

Hace unos días leí un artículo que se titulaba: “¿Por qué corro?”. Lo escribía un corredor de fondo. Un atleta. De esos que llevan toda o casi toda la vida corriendo y al que pude escuchar en una cena-foro que asistí.

Tras una breve introducción a la pregunta que abordaba, un fugaz repaso a su trayectoria deportiva desde sus comienzos en la niñez hasta sus ya pasados cuarenta años y, dejadas a un lado las razones más evidentes y constatables por la mayoría de personas que practican o han practicado deporte, pasó a explicar las sensaciones que correr producía en él, los muchos valores que ese deporte le ha transmitido y enseñado y, en definitiva, todos los motivos personales por los que no había dejado de correr, ni pensaba dejar de hacerlo en toda su vida.

La verdad es que al escuchar algo así de personal, auténtico y con la ilusión intacta, convence a cualquiera y desmonta argumentos tales como el de la apariencia física, “adicción por endorfinas”, gestión del stress y otros motivos que pueden influir, pero nunca sostener dilatadamente en el tiempo, la práctica de un deporte.

El motivo de mis escaladas, es tener otra excusa más para hacer deporte en contacto con la naturaleza, escapar del día a día que te arrastra a la deriva si te descuidas, compartir momentos irrepetibles con amigos, encontrarme conmigo, con Dios… Empecemos por ahí. Al fin y al cabo, tal como decía Anatoli Boukreev: “Las montañas, no son estadios donde satisfacer nuestra ambición deportiva, sino catedrales donde practicar nuestra religión”.

Para mí, las montañas siempre han sido algo mágico. Lugares de belleza sin igual y de una gran majestuosidad. Colosos de piedra que, a veces, comparten su corona contigo. Pueden ser amables una mañana y, esa misma tarde, castigarte con toda su furia. Son nobles y no te guardan rencor si no has estado a su altura en la pelea. Te esperan. Antes de nacer estaban allí y, cuando muramos, seguirán esperando a otros montañeros.

Sus rampas, ayudan a dejar en el camino todo el peso innecesario que muchas veces acarreamos. Evitan las aglomeraciones, pero siempre tienen sitio para ti. Han sido testigos de grandes gestas humanas, deportivas y personales, pero siguen esperando la tuya, sin importarles el calibre de la misma.

He disfrutado en la montaña de todas las maneras posibles, pero había una que siempre me atraía y por diversas circunstancias no había tenido una oportunidad de disfrutar. Siempre he sentido atracción por la escalada. Admiraba a los escaladores que conseguían aferrarse al minúsculo saliente y aguantar “el tirón” de su cuerpo en un movimiento que les permitía progresar unos centímetros y, así, hasta superar la pared. La autonomía que suponía asegurarse con el compañero mediante el material y el manejo de la técnica necesaria y la épica que en muchas ocasiones suponía la aproximación a los lugares elegidos; el sacrificio y renuncia de muchas cosas en pro del logro de un objetivo para muchos sin sentido.

Pero, en definitiva, lo que al final aparecía una vez más como en el resto de deportes que he podido practicar en este entorno inigualable, es la capacidad que uno tiene de superarse, crecer; no sólo deportiva sino también personalmente. Madurar, exprimir la vida al máximo desde lo más sencillo, VIVIR.

Desde niño, tuve la suerte de salir de excusión por Navarra, Aragón y Soria, sobre todo, y empaparme gracias a mis padres del aire de los Pirineos y del Sistema Ibérico, pisar las primeras nieves del año, notar la falta de aliento en lo alto de la cuesta, trepar a los árboles, recoger hojas secas… Y si eso no era poco, subir mis primeros dos miles en los veranos de campamentos, escuchar a mis monitores hacer planes montañeros de fin de semana durante el curso y las vacaciones. Entonces empecé a leer las novelas de montaña que mis padres me regalaban en Navidad. Auténticos aventureros, atletas y, sobre todo, grandes personas que hicieron sus sueños realidad.
A veces los sueños, parecen imposibles. Y aquí está el porqué escalo. Para darme cuenta de que puedo… O, al menos, para intentarlo como hicieron Bonatti, Herzog, Mallory, Hillary, el duque de los Abruzzos, Messner… Y también otros muchos menos conocidos o anónimos.

Al poco de encontrar compañero de cordada, una fría mañana de primavera cuando apenas había escalado tres o cuatro veces, forcé más de lo que debía y me disloqué el hombro. La pared me decía: “Pedro, por aquí tú todavía no puedes, es V+ lavado, no has calentado, sólo llevas 3 días escalando, tienes la cabeza en otro lado… Hoy no…” Primera lección aprendida, cuando todavía no pensaba que tendría oportunidad de hacerlo, pero la escalada es así de generosa… No podemos empeñarnos en saltarnos nuestros límites, tenemos que superarlos. Superar implica preparación, esfuerzo en el trabajo, tiempo, paciencia…

Decidí ir a rehabilitación, no como la primera vez que me disloqué el hombro. Había aprendido la diferencia entre superar y saltar. Antes de ello, el médico me advirtió que la siguiente vez que me luxara el hombro tendría que operarlo. Me recomendó que dejara de escalar e hiciera otras cosas… Hace ya dos años. Dos años que no sólo he progresado técnica y físicamente permitiéndome escalar sin volver a lesionarme, sino que también me he conocido más. Tenemos que aceptarnos tal y como somos y partir desde allí para superarnos.

Y, es que, ¿Qué es la escalada sino superación? Impregnas tus magulladas manos en magnesio, visualizas un paso, tomas aire, lo intentas, caes, lo vuelves a intentar y bien, pero algo más lejos que antes, vuelves a caer, lo intentas de nuevo y lo consigues. O no. Pero lo vuelves a intentar. Y lo vuelves a intentar hacer mejor. Para ello, vuelves al plafón, donde la luz de neón, el cansancio del día, la pereza, el calor, la monotonía a veces, las prisas y demás apetencias lastran tu cuerpo y mente. Sin embargo, aprendes otra cosa más. Es importante fijar objetivos, prioridades, motivaciones. Y que merezcan la pena. Por eso, también aprendes a valorar correctamente, discernir lo esencial de lo superfluo. Lo que de verdad importa de lo que no.

Así es como día a día, semana a semana, mes a mes, caen los ciclos, mesociclos, microciclos y tu cuerpo poco a poco gana en aptitudes para conseguir ir tachando vías y apuntando nuevos proyectos. Tu grado sube. No el de la vía de mayor dificultad escalada hasta el momento, sino el tuyo, que es el que vale. Lo que antes te incomodaba y ahora dominas, te gusta y lo repites y lo que te gustaba, hoy te gusta más. La actitud que alimenta tu motivación, ha de sustentarse en lo mismo que te permitió empezar en esto. Querer ser mejor. Mejor escalador y mejor persona. Madurar, mejorar, hacer las cosas lo mejor posible y, si se puede un poco más, aunque sea muy poco a los ojos del mundo, es suficiente para seguir con ello y hacerlo.

El primer día en el rocódromo es una cura de humildad. No eres nadie en este mundo (y sigo sin serlo). Tus dedos son débiles, tus brazos flaquean, tus pies resbalan y tu cabeza se atasca. No quieres llamar la atención y te avergüenzas de ti mismo. Lo primero, por tanto, es aceptarnos. Saber que nadie nace aprendido y no se puede conseguir en pocos días lo que muchos han tardado en conseguir varios años. Piensas que la gente se va a reír de ti y te va a etiquetar como el “nuevo”, o de “novato”, o que hacen apuestas para ver cuánto duras. Nada que ver con la realidad. Sonrisas, algo de nostalgia en sus miradas recordando sus inicios, presentaciones y enseguida te ofrecen hacer un “2+2” con ellos. Consejos, generosos en su tiempo para/contigo, amables, animosos… Compañeros. Otra lección. La escalada es compañerismo.

Otra cosa de la que te das cuenta, es que es un deporte muy exigente y desagradecido. Me explico. Para poder tener la forma física necesaria que te permita progresar gradualmente es imprescindible entrenar con regularidad y constancia. Si dejas los entrenamientos o no cumples con ellos, descuidas tu descanso, alimentación… Pierdes en poco tiempo gran parte de lo que habías conseguido. ¿Cuarta lección? Si. Igual sucede en la vida. Hay cosas, como el trabajo, las relaciones interpersonales, el estudio y otras muchas que, si no tenemos fuerza de voluntad, no podremos sacarlas adelante. Hay días que cuesta más encontrar motivación, que estamos cansados, perezosos o tenemos más cosas que hacer, pero es fundamental mantenerse fiel a nuestro objetivo y echar el resto en todo lo que consideremos que hay que hacerlo. Merece la pena.

Cuando llevas un tiempo escalando, puedes ser que consideres que ya hayas llegado a tu límite o que, sin llegar a haberlo alcanzado, has cogido una velocidad de crucero que en relativamente poco tiempo te permita alcanzarlo y, entonces te preguntas: ¿Ahora qué? En ese momento, como en todas las cosas, te tienes que replantear de nuevo la pregunta de inicio, volver al origen. Mi padre decía que siempre se puede más. Incluso cuando creemos que no podemos, siempre podemos un poquito más. En escalada existe un concepto ético que se engloba dentro de lo que se denomina: “estilo”. Esta palabra no sólo hace referencia a la parte técnica de la escalada, sino que además, le da una profundidad infinita a la misma.

Igual que en la escalada no sólo importa el grado encadenado, sino la técnica con la que se ha logrado, los intentos, etc., etc… Tampoco a las personas nos basta con conseguir “una vida tipo”. Es decir, no importa el qué tengamos, sino cómo lo logremos y para qué lo hagamos. Por quién y para quién, también.

Sé que escalaré mientras viva, porque en el fondo es lo mismo. Es la misma motivación. No hay límites, excepto los que cada uno queramos ponernos. Por eso estamos obligados, independientemente de nuestras limitaciones, a buscar cómo superarnos.

Es por todo esto y por alguna otra cosa más evidente, que escalo…

Pedro Herrero Goizueta